carnaval barranquilla 2020

Por Jenifer Cabana.

Cuando suena un llamador, flauta de millo, alegre, tambora y maracas, yo no sé si bailar o llorar. No tengo tiempo para pensar y mis caderas se mueven solas, poseídas por un poder que ni yo misma conozco. Es el poder de la sangre que corre por este cuerpo mestizo, que reconoce en su físico y en su espíritu la importancia de la danza y la música raizal. Más allá de la alegría que regala, la cumbia es un homenaje a miles de almas negras e indígenas que confluyeron en otro tiempo y espacio para darle vida a este ritual vivo.

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Ella es elegancia, dicha, sabrosura y coqueteo. La cumbia es también un homenaje a nuestros ancestros; la liberación de almas indígenas y africanas hecha baile y canción.Fotografía de Ginu Casadiego

Así lo vivo yo

Febrero 23 de 2020, domingo de Carnaval, mi doceavo año bailando cumbia en las calles de Barranquilla.

Desperté con la alegría de saber que había llegado el día de la Gran Parada de Tradición, desfile en el que se lucen las manifestaciones culturales más antiguas del Carnaval de Barranquilla y de la región.

Desayuné un buen pedazo de bollo de mazorca con queso costeño, en compañía de mi abuela Tamy. Tomé un baño y me eché mi mejor perfume para empezar el ritual.

De un gancho plástico, colgado de la pared, bajé el vestido de cumbia: uno de cuadritos rojos y blancos, cayenas estampadas en sus polleras. Es el traje que pertenece a la Cumbiamba La Gigantona, grupo en el que bailo desde 2013.

“Los primeros trajes de cumbia eran de flores, no sé cómo se hacían los estampados en épocas de colonización”, le explico a mi abuela. Lo que si he leído es que eran vestidos heredados por indias y esclavas africanas por parte de sus amas españolas. Eran los que usaban para bailar en sus escasos tiempos libres.

Los cuadritos rojiblancos los trajo al Carnaval la maestra Sonia Osorio en los años 80s. Más de tres décadas después, se siguen utilizando para danzar cumbia.

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Aquí, junto a mi parejo Andrés Serpa, moviendo nuestros cuerpos al son del millo. Foto: Luis Carlos Rincón

Seguidamente, me puse mi collar y mis candongas rojas; prendas hechas de canutillos, muranos y nailon, hilvanados a mano por Moraima Castro, una de las 106 cumbiamberas que conforman la agrupación. Luego tomé mis cotizas blancas y unas plantillas para proteger mis pies del calor del pavimento.

Se acercaban las 11:00 a.m., hora de mi turno de maquillaje. Paré un carro desde mi casa, en la esquina de la carrera 41 con 71, hacia la estética Sophistiquee del Barrio Olaya en donde Gleydis Rodríguez, también cumbiambera, maquillaba con delicadeza los ojos de cada bailadora. Otras manos nos peinarían con copete de reina incluido, acorde con la elegancia que caracteriza la cumbia. Reflexioné sobre la manera en que llevarían el cabello las indígenas y africanas al bailar y recordé que estoy en otro tiempo y espacio.

Desde el salón, el murmullo de cumbiamberos y cumbiamberas aumentaba. Entraban y salían, terminaban de organizar mazos de velas, mochilas, sombreros vueltiaos. Las mujeres nos pusimos -del lado derecho- nuestro tocado de flores rojas mientras que los hombres se acomodaron sus pañoletas sobre vestidos blancos impecables. Algunos comieron hayacas, otros sopas, o arroz con pollo como yo; lo que fuera para ir con la “barriga llena y el corazón contento” a la vía 40.

 

Antes de subirnos a los buses, Germán Álvarez y Bairon González, nuestro director y coreógrafo respectivamente, nos dieron indicaciones. Luego, como es costumbre, nos tomamos todos de las manos para dar gracias a Dios y a la vida por una nueva oportunidad de honrar la tradición a través de la cumbia. La energía colectiva siempre se siente.

Pasadas las 2 de la tarde llegamos a nuestro destino y en el punto de concentración se veían garabatos, una que otra muerte, congos, danzantes de mapalé, ansiosos como nosotros de formar y empezar los tres kilómetros de recorrido.

Ahí estuvimos, buscando cualquier pedacito de sombra en esa calle larga de concreto mientras que llegó la orden de organizar nuestros bloques.

Una por una, cada pareja buscó su puesto. Las mujeres nos retocamos los labios, mientras que los hombres se volvieron a acomodar las pañoletas. Se empezó a mover el tráiler y de las ocho cabinas de amplificación comenzaron a sonar los tambores y las flautas interpretadas por los músicos de Canalete.

¿Qué pensarían nuestros ancestros si vieran la escena? Cumbia sobre ruedas, un río de personas arrastrando los pies y moviendo las caderas en unísono.

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Alegría auténtica: así es la cumbia del Caribe colombiano. Foto: Luis Rodríguez

El reloj marcaba las 4:30 de la tarde, y empezaba a descender el sol barranquillero. De ambos lados de la vía se conglomeraron cientos de niños, niñas, gente grande, barranquilleros, forasteros con ganas de saborear y vivir el Carnaval.

Candelaria Gómez y Jairo Misal, los capitanes de La Gigantona, nos guiaron por todo el camino. Las mujeres comenzamos con las polleras abiertas de par en par, anunciando que había llegado el turno de la cumbia. Los hombres también llevaban los brazos en alto, en forma de V, sombreros en mano derecha.

Se escuchaba por todo el camino el raspe de las cotizas por el suelo, ras, ras, ras, ras, el pie izquierdo primero, seguido de inmediato por el derecho, un movimiento ya automático que obedece la orden del llamador.

Los aplausos y ovación comenzaron y se aceleraban los pum pum de mi corazón. Por fuera, lucía una gran sonrisa; por dentro, contenía mis ganas de llorar. Es una mezcla de sentimientos que me genera la cumbia.

Cada vez, entiendo mejor la danza. Puedo decir que con cada güiro, grito de monte o wepajé, se desprende algo dentro de cada uno de nosotros. Va más allá de los propios pesares y dichas, es la liberación de nuestros ancestros.

Si no fuera por ellos, los indígenas colonizados que mezclaron sus costumbres con la cultura que trajeron nuestros hermanos africanos esclavizados, no tuviéramos cumbia. Ni tú ni yo la bailaríamos, no existiría este sentir colectivo.

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Las palabras no alcanzan para describir el sentir de la cumbia. Foto de: Willie Neira

Es por eso que la gloria de aquel domingo se suma a una melancolía profunda que viene de otros tiempos. Bailar sobre el suelo barranquillero y honrar la memoria del pasado es nuestra misión. Muchos ni lo sabrán.

La cumbia es pasado, presente y futuro; la emancipación de quienes vivieron, trabajaron y bailaron estas tierras caribeñas hace más de un siglo.

El recorrido de la Gran Parada de Tradición se hizo corto, aunque fueron más de dos horas bailando al son del millo.

El martes de Carnaval repetimos la historia en la 84, otra de las calles insignes de Curramba.

Ese mismo día, nos despedimos de Joselito y de cada uno de los miembros de la Cumbiamba desde la cancha de microfútbol del parque Olaya.

Allí prendimos nuestras velas por última vez en este Carnaval, nos volvimos a tomar de las manos para dar gracias, Pablo Gutiérrez soltó una décima más, bailamos cumbia, bajamos nuestra bandera, nos abrazamos hasta que se apagó el fuego.

Por fortuna, la cumbia seguirá flamante y viva en cada uno de nosotros, en cada cumbiambero que tiene la dicha de bailar como lo hacían ellos, nuestros ancestros.

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